Sé que a veces soy un poco frío, me cuesta la vida misma exteriorizar mis emociones. Una buena amiga me descubrió que es esa la razón por la que escribo. Pongo en negro sobre blanco mis sentimientos, lo que a veces de otra forma no sé o no puedo expresar. Siempre que algún acontecimiento me agrada o me desagrada de forma significativa y me toca el corazón acabo sentado con un montón de notas emborronadas de forma apresurada y con la pantalla en blanco de mi ordenador esperado a que vomite sobre ella todas esas ideas aparentemente inconexas que me atormentan y que finalmente se configuran en forma de una casi confesión. (Huérfanos de Campillos)
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miércoles, 14 de marzo de 2012

El Caso del Alumno Desaparecido en el Ciberespacio





 Nota: Este relato es una contribución de don Alejandro Delgado Manjón-Cabeza, conocido entre los alumnos como el Pancho, jefe de estudios del colegio, magnífico profesor de matemáticas y uno de los docentes a los que todos los alumnos de Campillos seguimos queriendo de verdad. La historia es divertidísima.

El caso del alumno desaparecido en el ciberespacio.

Una historia campillera de terror (como casi todas).

Lo que voy a intentar relatar en lo que sigue ocurrió hace mucho, mucho tiempo pero no tanto como para que algunos de los que pululáis por estos grupos de FaceBook no fuerais ya alumnos del Colegio e incluso vivierais más o menos directamente los espantables sucesos.

Queridos niños que fuisteis, tengo que comenzar por recordaros un hecho que creo todos conoceréis: en el Colegio "san José" de Campillos, mejor dicho en el equipo directivo del mismo, nunca hubo un interés por las nuevas tecnologías que pudiera calificarse como "denodado".
Algo podéis comprender de lo que os digo si observáis, por ejemplo, que las aulas del Colegio Nuevo están construidas sobre muros de carga de cincuenta centímetros de cemento y sostenidos los techos por vigas de acero capaces de aguantar el peso de un rascacielos pero que allí cumplen sosteniendo un tejado de uralita con una capa de aislante.
Quiere esto decir que se aplicaba el nada económico principio de "donde cabe lo mucho cabe lo poco" o bien que "aquí no se remienda de viejo".
Pero los nuevos tiempos, siguiendo una inveterada costumbre del propio tiempo, terminaron por llegar también a la Carretera de Gobantes S/N.
¡Y se decidió, por parte de las mentes pensantes, que era preciso ponerse al día e informatizar el Colegio!
Así que se entró en contacto con los correspondientes proveedores, se estudiaron las ofertas y se decidió cuál era el que más convenía.
Cuando al fin apareció ante nuestros escépticos ojos la maravilla aquella resultó ser un cacharro impresionante de grande, acompañado por una impresora que llevaba, creo, hasta carro pero de combate.
Para que os hagáis una idea del armatoste jurásico aquel os aclararé, por ejemplo, que funcionaba con fichas perforadas tipo "hollerith" a las que se trataba con otra máquina estupenda e igualmente elefantiásica: la "perforadora".
Con el tremebundo cacharro, aunque en envase aparte, apareció en nuestras apacibles vidas lo que entonces se entendía por "un informático", es decir, un ser apropiada y discretamente humano con algunos conocimientos sobre el funcionamiento del aparato correspondiente dispuesto a comunicarnos los arcanos de que era maravilloso depositario.
A algunos profesores se les encomendó (¡no me miréis con cara de guasa que yo no fui considerado digno!) ponerse a disposición del susodicho técnico para aprender algo sobre el funcionamiento del prodigio. Y así lo hicieron con resultados, digámoslo benévolamente, dudosos.
Para que os hagáis, queridos niños, una idea de la preparación informática que corría por aquellos días y aquellos lugares os contaré que uno de ellos, desde luego con aún menos conocimientos del idioma de Milton que de informática llegó a traducir en una hojita de instrucciones que nos pasó la expresión inglesa "to in-put" por la española "imputar" con lo que resultaba que, en su momento, había que "imputarles las notas a los alumnos". ¡Grandioso!
El aparato pronto empezó a trabajar con más o menos dificultades para los empleados de Secretaría.
Pero esa no era la prueba de fuego de aquella máquina ni la principal utilidad para el cuerpo de profesores e inspectores ya que la maravillosa máquina iba a ocuparse también ¡de las notas semanales!
No tengo que recordaros la importancia capital de los boletines de notas en nuestro Centro. Suponían el orden por el que se regía el universo tanto para vosotros, angelitos, como para los que nos ocupábamos de vuestro cuidado y doma.
La importancia de los boletines radicaba en que, una vez en vuestro poder servían para poder salir del colegio y a los que en el formato antiguo, que consistía en una larga tira de papel con las calificaciones, sabíais falsificar con métodos artesanales y un instrumental que se reducía al borrador de la pizarra, cola blanca y un rotulador negro.
Pero aún más importante para el Centro era el Listado de Notas, esto es, una relación nominal de los alumnos, ordenada por cursos y con las observaciones pertinentes referidas al fin de semana.
Esta relación, en poder del Conserje desde el jueves, servía para contestar a vuestros padres y advertirles de si podrían seguir libres de niños durante el fin de semana, o no. Los papás llamaban por teléfono y el Conserje les decía en qué situación se encontraba el correspondiente vástago.
También servía para organizar el colegio de viernes a domingo (comedores, estudios, horarios de inspectores, etc.)
De modo que, repito, el listado era fundamental.
No quiero ponerme más pesado (aún) y vamos al atroz suceso que me he propuesto relatar.
Llegó el día, creo que a finales de Marzo de 1974 en el que la máquina, los bisoños informáticos y en general todo el colegio se enfrentaban al futuro.
Después de mil fatigas, errores, correcciones, y trabajos la máquina estaba dispuesta para trabajar y sacó en primer lugar el célebre listado.
¡Con espantosos resultados!
Aquello estaba lleno de errores, había alumnos que aparecían en dos o tres cursos, había cientos de errores en las notas, los nombres de las asignaturas no coincidían y, lo peor de todo, había alumnos que no aparecían en ninguna lista.
En lenguaje coloquial empezamos a decir que a esos alumnos se los "había comido" la máquina. Y esa expresión se puso en marcha entre el personal, incluyendo a Juanito, el conserje.
En esto que llegó la hora de las llamadas de los padres. Sonó el teléfono, Juanito lo atendió y después de escuchar el nombre del alumno por el que preguntaba su señora madre, dijo, con su gracejo característico:
"-Ay, señora, no le puedo decir nada porque a su hijo se lo ha comido la máquina."
Cuentan testigos fidedignos que a través del auricular se pudo escuchar el grito desgarrador de la anonadada madre:
"-¡Ay por Dios, ¿Cómo que se ha comido una máquina a mi niño?"
Según me aseguraron después fuentes muy autorizadas la señora requirió asistencia facultativa.

Cálido verano de reencuentro.






Era el 12 de abril del año 2003 cuando leí este “post” en el libro de visitas de una web dedicada al pueblo de Campillos:

SANCHEZ CALERO

SOY TAMBIEN ANTIGUO ALUMNO DEL COLEGIO SAN JOSE
DESDE EL 76 AL 80,ME GUSTARIA PONERME EN CONTACTO
CON COMPAÑEROS DE MI EPOCA.
UN ABRAZO


Cuando leí las fechas en las que había estado en el colegio pensé - ¡coño, este es Rafa!. Juanjo, de quien más tarde hablaré y que era su hermano mayor, había estado conmigo en el colegio desde antes, desde 8º de EGB y por tanto no podía ser él. De inmediato le escribí y me sorprendió la mesura, la ponderación y hasta la prudencia con la que me contestó:

- ¿Tú eres Nenuco, verdad? y de inmediato añadió en su correo : “espero que no te moleste que te haya llamado así”

Después del primer ataque de risa que me entró pensé un poco perplejo: ¡Joder, qué mari melindres se me ha vuelto el asilvestrado de los cojones éste ! La explicación la supe años después; quien me había contestado era Anabel, la encantadora mujer de Rafa empujada por su marido que no es muy aficionado que digamos a eso de juntar letras. Anabel, ejemplo de prudencia y exquisitez (lo mismo que el Calerito, vamos) no sabía la pobre como preguntarme si yo era Nenuco o no. Nos reímos mucho hace unos días recordando esta anécdota que, aunque sucedida hace ya siete años, guardo como una preciada vivencia de este cálido verano de reencuentros que nos ha devuelto la amistad, nuestra amistad, las amistades de la adolescencia olvidadas, que no perdidas, hace ya muchos años.
Perdido aquel primer contacto, hace unos meses Anabel me reencontró a mí en Facebook. Yo había vuelto a ver comentarios de Rafa por internet en diversos foros y un día le dije a Anabel: “Oye, dile al petardo de tu marido que vamos a buscar a los compañeros de Campillos y nos vamos a reunir”. Y fue así como ha comenzado esta maravillosa aventura de localizarte a ti amigo que lees ahora estas líneas, y al resto de compañeros. He de reconocer que en más de una ocasión a lo largo de mi vida he pensado, he soñado con que me volvería a reunir contigo, con todos vosotros y que rememoraríamos aquellos tiempos pasados, buenos y malos, que de todo hubo en aquel colegio, en aquel lugar en el corazón de Andalucía, aquel internado que se nos incrustó a todos en el alma. Lo que nunca me imaginé es que el reencuentro se iba a producir de forma tan rápida y tan anhelada por todos si se me permite expresarlo así.

Y nos pusimos a ello los tres. A buscaros. Anabel, Rafa y yo. Comenzamos por hacer una lista con los nombres de los compañeros a los cuales recordábamos. Había unos cuantos con los que nunca habíamos perdido el contacto. En mi caso, por ejemplo, estaba mi amigo Diego Bonilla y también Oscar Salazar Burgueño a quien veía de cuando en cuando por temas profesionales en el puerto de Estepona , Juan Carlos Azuaga Rico, y algunos otros con los que me ha unido siempre gran amistad pero que estaban en cursos inferiores y nunca han mostrado gran afición a recordar sus tiempos en Campillos. De hecho el único que de inmediato me dijo que sí que venía era Diego Bonilla. Diego es amigo mío desde 6º de EGB, desde que entre al colegio por primera vez. Como en casi todos los casos, Diego es mayor que yo dos años y de inmediato sentí gran admiración por él porque tenía una habilidad que ante mis ojos infantiles se me antojaba un auténtico prodigio: Sabía cómo tocarle los cojones a los profesores como nadie. ¡Qué tío! Los ponía frenéticos y despertaba en ellos unos instintos asesinos que nunca sospeché pudiera tener un docente. Esos ojitos azules siempre tras unas gafas oscuras, esos rizos rubios y esa media sonrisa socarrona que dejaba entrever los dientes centrales partidos causaban un efecto devastador en la paciencia de nuestros profesores. Pero el día en el que Diego pasó a la categoría de amigo a héroe infantil para mí de verdad, fue cuando consiguió que el pobre don Francisco Barragán (que en paz descanse), el cura del colegio, un alma cándida donde las hubiera, le tirara encima la mesa del profesor.

Estábamos en 7º B y Diego estaba sentado en primera fila, justo delante de la mesa del profesor, con su media sonrisa socarrona y mirando fijamente a don Francisco que había perdido los papeles y nos estaba llamando de todo, desde perros judíos a vagos. La verdad es que éramos una buena colección de elementos. De repente don Francisco se fija en Diego y le dice:

- BONILLAAAAA SE PUEDE SABER DE QUE TE RIES????????

Y Bonilla con dos cojones le responde.

- Hombre don Francisco es que yo pensaba que usted era un hombre pacífico (lo dijo así del tirón y sin dejar su sonrisita toca pelotas)

- ¿¡¡¡¡¡YO PACIFICO!!!!!!? - don Francisco (que iba para santo el pobre) no pudo más – estaba a punto de sufrir una apoplejía- y de un empujón le tiró la mesa del profesor encima a mi amigo Diego.

Fue impresionante. A mí se me pusieron los ojillos redondos con aquella escena.

Durante estos años Diego y yo hemos rememorado aquella anécdota riéndonos en muchas ocasiones y he pasado buenos ratos con él y con su mujer, Mari Carmen y su hijo Diego.

La verdad es que en aquel 7º B estábamos una buena colección de elementos. Entre otros: Diego Bonilla, Ángel Díaz Guerrero, Jerónimo Villalba, Julio Osorio, Frutos Ramírez, Juan Morales, Carlos Montero Vítores, Gonzalo Rodríguez Valverde, Joaquín Zapico, José Antonio Blanes, Rafa Banderas…………..


¡Rafa Banderas y Angelito Díaz Guerrero! Esos fueron los dos primeros compañeros perdidos a quien me propuse encontrar. Oye, y no había manera de localizarlos. Un amigo me había dicho:

- “por el centro pulula un tío muy pijo siempre en bicicleta y que por mis muertos que se parece al Banderas”

Desesperado ya de buscarlo hablé con un amigo que es detective. Recuerdo que le dije:

- Núñez, estoy intentando localizar a un amigo y no hay forma humana de encontrarlo.

- ¿Cómo se llama? – me preguntó-

- Rafael Banderas Moya.

- Espera un segundo – comentó- mientras hacía una llamada con su móvil. Tras unos segundos de conversación me dijo:

- Este señor tiene un local en el 56 de la calle Ollerías, allí puedes localizarlo.


Así que ufano me encaminé al 56 de la calle Ollerías. Cuando llegué puede comprobar que lo que allí había era una panadería atendida por dos chicas jóvenes, guapetonas y muy simpáticas. Entré y tras presentarme les dije:


- Busco a un compañero de colegio que se llama Rafa Banderas. Como de un metro ochenta, delgado, peinado hacia atrás, siempre muy moreno, aturullado hablando y muy trabajoso. Me han dicho que tenía un negocio de ropa aquí.

La dos se miraron y me contestaron que no les sonaba. Me quedé callado pensando y recuerdo que les dije:

- Si joder, un tío muy presumido.

- AHHHHHH!!!, - saltaron las dos al unísono- ¡ el Banderas!.

- Ese, coño, ese - les dije riéndome.

Me confirmaron lo de la bicicleta y me dijeron que solía ir por allí por las tardes. Le dejé mi tarjeta con una nota para que me llamara. Y me llamó. De inmediato. Y nos reímos muchísimo. Rafa sigue igual de entrañable, igual de trabajoso. Sigue siendo aquel amigo tan simpático con el que tanto nos reímos en el colegio. Quedamos para tomar café y en unos días estuvimos rememorando nuestra niñez en el colegio frente a unas cafés en una terraza en el centro de Málaga. Durante la conversación ambos nos preguntamos por Angelote, que estuvo con nosotros en el colegio desde 7º de EGB. Quedamos en que íbamos a buscarlo a ver qué conseguíamos.

Yo sabía que Ángel trabajaba en el sector del taxi, en alguna ocasión me había recogido años atrás. Me dije: la próxima vez que coja un taxi le pregunto al taxista cómo localizar a uno de sus compañeros. Suponía que en algún lugar debía de haber un registro de las licencias de Málaga para poder contactar con sus titulares. Y así lo hice. La primera vez que tuve que coger un taxi en Málaga le pregunté al taxista:

- Oiga, ¿cómo se hace para localizar a un taxista del que sólo sé el nombre?

- ¿Busca a alguien en particular?

- Si, a un compañero de colegio que se llama Ángel Díaz Guerrero.

- ¿Te doy su teléfono? Me dijo riéndose el taxista.

- ¿Cómo?

- Que lo conozco, vamos. Y me sacó de su móvil el teléfono de mi querido Angelito.

Más de 1.500 licencias de taxi en Málaga y me había ido a recoger su cuñado. Parece como si el destino hubiera estado encadenando una serie de circunstancias que facilitaran nuestro reencuentro. De inmediato llamé a Ángel y le conté lo que estábamos preparando. Y la emoción, la alegría que manifestó era inmensa. Nos vimos unos días después para tomar unas cañas junto a Rafa Banderas y también nos reímos mucho. Angelito y yo nos conocemos desde que éramos unos cocos de 10 años. Estábamos juntos en Los Olivos, un colegio de curas de Málaga. Y los dos acabamos en Campillos. ¡Menudos pintas!. Ángel con trece años ya medía el casi metro noventa que mide hoy en día, de ahí lo de Angelote. Los niños más pequeños del colegio iban a esconderse detrás de él para que los protegiera de los que venían a pegarles. Todos tenemos un recuerdo entrañable de Angelito. Hoy, 30 años después afortunadamente Ángel ha dejado de crecer físicamente. Lo que sí que le ha seguido creciendo es el alma. Sé que la vida le ha hecho unas cuantas putadas y aún así sigue siendo el chaval noble, bueno, cariñoso y con muchos valores que todos recordamos por lo que me siento especialmente orgulloso de él. Permitidme también que tenga un recuerdo emocionado para su padre que falleció el pasado1 de septiembre.


Los días de este tórrido verano que nos acaba de abandonar iban pasando y los reencuentros se sucedían. Por Facebook apareció Carlos Perdigón Torres, el golfo más simpático del colegio. Recuerdo que la primera vez que lo vi estaba meando subido encima de la tapia del colegio nuevo. ¿Quién coño será el guarro ese pensé? Pues eso, nuestro Carlitos, otro hermano más de Campillos. Después de 30 años Carlos se han convertido en el feliz padre de cinco hijos. Pasamos dos días estupendos con él. Uno en Fuengirola y otro en Córdoba, junto a su esposa Mamen y a su pequeña hija Mar, una auténtica bendición. Mi amigo Pedro Suárez de Venegas Sanz, ese extremeño que le dijo un día a un profesor “para usted soy don Pedro Suárez de Venegas Sanz” apareció también y nos reunimos en Córdoba con él y con su encantadora esposa Mercedes. ¡Qué bien lo pasamos! Pedro sigue igual que en el colegio (eso sí, ¡¡con el bigote blanco de canas!!)

Y aparecieron Curro Ramos Moreno Ramos (de Istán) que un día bajó de los dormitorios con media cara afeitada y la otra media sin afeitar y al que llamábamos el Inverso porque tenía los mismos apellidos que otro compañero pero en distinto orden, y José Luis Gómez Pleguezuelos, serio y enjuto como siempre, y el bueno de Chía localizado por Rafa, otro cordobés del que todos tenemos un magnífico recuerdo. Nos pegamos una comilona en el restaurante de Curro en Fuengirola que ni os cuento. Comida a la que por cierto también vino nada más y nada menos que don Alfonso García Rivero, el cordobés más serio del colegio. La verdad es que cuando estábamos en Campillos, Alfonso (que para variar es también un par de años más viejo que yo) me parecía el tío más misterioso del mundo. ¡Tan grandullón y tan serio él! Yo que anduve algún tiempo justito de creencias y con algún que otro remiendo en el alma cuando leí su blog sobre la figura de Jesucristo me quedé muy impresionado. En Fuengirola pude conocer a su mujer Isa que tuvo la gentileza de compartir un rato de charla con nosotros en el restaurante y a su hijo, Alfonso José un chaval estupendo que bajó a conocerme cuando llegué. Supongo que para Alfonso este reencuentro será también una forma de recuperar recuerdos perdidos ya que todos sus papeles y recuerdos del colegio se quemaron en un incendio en casa de sus padres en febrero del año 1981. Otro cordobés localizado por Rafa fue Luis Lorente con quien he hablado un par de veces por teléfono aunque todavía no me he encontrado con él.

Y qué decir de Román Mapelli, el cordobés más lacio del mundo como decimos en Málaga. Durante estos años, el recuerdo del bueno de Román me producía risa. Era un tío estupendo pero parecía que siempre estaba cansado. Recuerdo que cuando discutía con alguien siempre soltaba con su acento cordobés arrastrando las sílabas aquello de “¡Lánzate!, ¡Que te lances nene! Don Ricardo Medina, un profesor de ciencias le metió a Román uno de los mejores hostiones que he visto en mi vida. Cada vez que me acuerdo me da un ataque de risa. Y perdón por lo de hostiones pero es que fue eso: ¡Un hostión de cojones! Estábamos en torno a la mesa del profesor y el Ricardito (así lo llamábamos por lo pequeño que era) que no le llegaba a Román ni al ombligo estaba de pie detrás de la mesa. Y de repente Román, lacio y larguilucho él, se puso a soplarle en el cuello a don Ricardo. El Ricardito se volvió y…madre mía que hostia le metió. Así me lo contaba Román en un correo el otro día:

LA ANECDOTA DEL SOPLIDO A DON RICARDO NO SE ME OLVIDARA EN LA VIDA, TENIA UN PELO ENGANCHADO ENTRE LA CAMISA Y EL CUELLO Y DURANTE TODA LA CLASE (LA PRIMERA QUE NOS DABA) ME ESTABA PONIENDO NERVIOSO, ASI QUE NO SE ME OCURRIO OTRA COSA QUE EMPEZAR A SOPLARLE EN EL PESCUEZO CUANDO ACABO, CLARO EL TIO ALUCINO Y ME ARREO UNA HOSTIA DE CATEGORIA.
COSAS DE CRIOS.
UN ABRAZO Y HASTA SEPTIEMBRE.

Y no se me olvidará otro cordobés ilustre, mi amigo Paco Jiménez Mendoza que me encontró a mí por Facebook. El recuerdo de Paco, con aquellos pelados al cero que se pegaba también me hace sonreir. Además el tío iba siempre corriendo a todas partes. Recuerdo que pensaba ¡andará buscando a Bubu, coño!


Otro de los primeros que apareció fue el bueno de Jaime Isla Duarte, el militar de la clase. A Jaime me lo encontré hará unos 20 años cuando yo navegaba en la Compañía Trasmediterránea haciendo un transporte de tropas. Íbamos los dos de uniforme. Yo de blanco con el uniforme de marino y el de caqui con el uniforme de infantería y un pistolón al cinto. El muy cabrón recuerdo que me dijo ¿Pero dónde vas tan guapo?. Todos nos hemos alegrado mucho de que venga Jaime pues el recuerdo que de él tenemos es inmejorable. Y hablando de marinos, Nacho Crespo que siguió conmigo después de Campillos en la carrera de Náutica también dijo que quería venir, pero hasta ahora no hemos vuelto a tener noticias suyas.


Poco a poco fuisteis apareciendo muchos de vosotros. De la provincia de Cádiz Manolo Ledesma (que dice el muy mamón que no me pone cara con el cabezón que tengo), los hermanos Osborne a los que localizó Rafa, Carlos Montero Vítores a quien quería muchísimo pero que siempre estábamos peleándonos, Jerónimo Villalba, entrañable amigo desde 6º de EGB a quien si no recuerdo mal le clavé una vez una escuadra que le había tirado al petardo de Bonilla. De Bornos nuestro Bornicho, Diego Jiménez Gil, probablemente el mejor jugador de fútbol del colegio. De Carmona, en Sevilla, Gonzalo Rodríguez Valverde, otro amigo también de la vieja guardia, Pepe Hernández también de la provincia de Sevilla, de Jaén Andrés Ruiz Párraga, Manolo García Chacón y Jesús Colmenero Fernández. De Granada Cecilio Maestra López y los extremeños Pepe Luis Guerra Lomo (que sigue teniendo la misma voz que tenía de chaval) con esas poses de boxeador que sale en las fotos del colegio y Javier Calvo que aún no sabemos si podrá venir a la reunión o no por problemas familiares. Y los onubenses Juan Bautista Sánchez Trinidad, José Carlos Coll Marchena y mi amigo Antonio Lozano (que en realidad era morito y motero). Una vez se fue a Córdoba vestido con chilaba. Para darle dos patadas en el culo, vamos. Y desde el levante español nos llegó don Goyo Molina, hermano motero de Antonio. Encantador el tío. Otro ex morito (de Ceuta quiero decir) Joaquín Zapico que apareció de los últimos y que ahora según tengo entendido anda por Marbella.


No sé si me dejo a alguno de vosotros en el tintero. Si alguno aparece después de que este librito entre en imprenta que no se preocupe, que para el año que viene lo tendremos en cuenta.

Todos los reencuentros de este largo, larguísimo y cálido verano, han sido algo más que un aperitivo del encuentro que vamos a tener en unos días (que habremos tenido cuando estéis leyendo estas líneas). Han sido como una brisa suave que ha atenuado la atmósfera asfixiante de este verano andaluz, un soplo de esperanza en estos tiempos sombríos que vivimos, una ilusión por poder de nuevo vislumbrar aquellos tiempos ya lejanos de nuestra adolescencia casi olvidada y sobre todo la alegría infinita de poder volver a veros a muchos de vosotros. El año que viene, si Dios quiere y el tiempo nos es propicio, nos volveremos a reunir. Y nos reiremos juntos de nuevo. Me produce una curiosa sensación el pensar que el tema de conversación de nuestra próxima reunión, aparte de los recuerdos comunes del colegio, de Campillos, sea lo bien que lo hemos pasado en esta nuestra primera reunión y las anécdotas que en la misma se puedan producir.

Y será, si Dios quiere, en Antequera. Así lo pensamos Rafa y yo, y ahora lo sometemos a vuestra consideración. Creedme, este viejo poblachón andaluz al que los avatares de la vida me trajeron hace unos años, es un sitio ideal para pasar un fin de semana de diversión, de amistad, de hermandad. La oferta de hoteles es inmejorable y la de restaurantes, ni os cuento. Además queda lo suficientemente cerca de Campillos por si queréis que hagamos una visita al colegio o al pueblo. Permitidme que os cuente algo de éste que considero mi pueblo. La viejísima Antequera, a la que los romanos llamaban ya Antikaria, o Medina Antaquira los árabes, se desparrama entre cerros y vega fértil a los pies de los impresionantes farallones rocosos de las Sierras del Torcal y de la Chimenea. Con 46.000 habitantes, Antequera es una pequeña ciudad monumental en la que el tiempo parece haberse detenido. Coronada por un impresionante castillo árabe que parece custodiar sus callejas, sus cuestas, sus plazuelas recoletas y postigos, Antequera está plagada de iglesias, de conventos de gruesos muros tras los que se adivina el rezo monótono de monjitas y frailones, de palacetes y casas solariegas, de fuentes que refrescan el tórrido calor del verano, de antiguos dólmenes megalíticos asombro de los arqueólogos de medio mundo y de ruinas árabes, romanas, de sabe Dios cuantas civilizaciones.

Nuestra próxima reunión será en el otoño del año 2011. Y el otoño es una estación muy especial en Antequera. Se nos cuela por los cinco sentidos de forma sutil. Es la época en la que llegan a los arrabales de la ciudad los sonidos siempre impresionantes de la berrea, el ronco bramido de los machos de cervuno que en los pinares y dehesas limítrofes retan a sus adversarios. Es la época en la que los conventos y obradores de confitería comienzan la campaña del mantecado, inundándose la ciudad de un intenso olor a harina tostada, a canela y ajonjolí, a azúcar quemada y frituras dulces, a castañas asadas y a boniatos. Es la época del año en la que se comienza a sentir en la piel el frescor del aire al atardecer. Un frescor agradable que nos dice que el verano se ha marchado por fin. Es la época del año en la que la luz del atardecer adquiere una tonalidad especial que hace que los días se apaguen dulcemente y crea la atmósfera propicia para la charla sosegada en las cafeterías y tabernas de la ciudad, para la sonrisa cómplice con los amigos entre cafés y volutas de humo de los cigarrillos. Si os parece bien, a esa hora incierta del atardecer, en Antequera, el otoño del año que viene volveremos a recuperar aquella primera simpatía, volveremos a reir juntos, a conversar y a contar chascarrillos, volveremos a abrazarnos y a ser hermanos. Al igual que la naturaleza se renueva en otoño, el del año que viene será también tiempo para que juntos renovemos nuestras almas. Os prometo que me encargaré de que durante los días que aquí estéis, ésta sea vuestra casa.

Y termino. ¿Termino? ¡No!. Todavía me queda hablar de uno de vosotros. Empecé estas líneas con un Sánchez Calero y termino con el otro, con mi amigo Juanjo. Es lo que tienen estos dos petardos. El recuerdo que tenemos de ellos es tan bueno que recordándolos nunca nos equivocamos. Os contaré algo por si no lo sabíais: aunque de niño yo tenía cara de bueno e incluso parecía bueno, la verdad es que era un crío bastante morbosito y macabro. Me encantaban las historias de terror sangrientas, las historias de batallas de la Segunda Guerra Mundial, de los campos de extermino nazis, de vampiros y hombres lobos. Y de historias sangrientas mi amigo Juanjo sabía un montón por lo que al igual que Bonilla, ante mis ojos de chaval se convertía en uno de mis héroes. Juanjo me contaba las historias de las monterías en las que participaba, de cómo abatía cochinos y venados, de las armas que usaba, del piso ensangrentado de las juntas de carnes y sobre todo me contaba las historias de cómo se hizo las cicatrices que tenía en la cara. La que más me gustaba y que le pedía de vez en cuando que me repitiera era la de cómo se hizo la herida bajo el labio al caerse de una moto. Me contaba que al enjuagarse la boca con agua no tenía que escupirla porque el líquido se le salía por la herida. ¡Y yo me quedaba flipando!. En tercero de BUP, Juanjo me dio, creo que nos dio a todos, uno de los peores ratos que pasé en Campillos. Estábamos en clase de gimnasia con el amigo Isidro. Saltábamos al potro y cuando saltó Juanjo cayó de cabeza y se pegó uno de los leñazos más aparatosos que he visto en mi vida. Ni sangró, aunque le salieron dos velas de un líquido blanquecino por la nariz. ¡Joder qué susto nos dio el cabrón! Gracias a Dios la cabeza, aparte de tenerla bien gorda, la tenía muy dura. Este verano también me encontré con él en Fuengirola y nos reímos mucho recordando todas estas historias de críos.

Terminar hablando de mi amigo Juanjo me viene al pelo para recordar una cita que siempre me ha gustado mucho y que creo que es aplicable a todos nosotros. Supongo que las historias que me contaba contribuyeron a que la afición a los relatos sangrientos siguiera bien arraigada en mí. De hecho continué durante muchos años leyendo libros de terror y viendo películas de mismo género (aún continuo haciéndolo). Uno de esos libros, El Cuerpo, de Stephen King, que narra las peripecias de un grupo de chavales que emprenden un viaje para buscar el cadáver de otro chaval muerto al ser arrollado por un tren termina así:

Nunca he vuelto a tener amigos como lo que tuve cuando era un adolescente.

¡Dios!, ¿Los tiene alguien?

Suscribo la cita palabra por palabra.

Vuestro amigo que os quiere

Fernando.

Postdata: Perdón por los muchos tacos. Pero ¿Qué coño queréis que haga? Estudié en Campillos, no en los Carmelitas.














Las Pascuas de los niños malos. Un cuento de navidad campillero.




Los viajes son en la juventud una parte de educación y, en la vejez, una parte de experiencia.


Francis Bacon

Que a Campillos iban los malos estudiantes y los niños malos no era ningún secreto. Lo que sucede es que (al menos en mi caso) no solía pensar mucho en ello. Me refiero al hecho en sí de que yo pudiera ser un niño malo. Te mandaban a Campillos y creo en tu subconsciente asumías tu nuevo estatus juvenil de enfant terrible automáticamente La primera vez que caí en ello y reflexioné sobre la cuestión (en la medida en la que un chaval de 12 años puede reflexionar) fue cuando a punto de cumplir los 13 años, en 7º de básica, me enteré de que mi abuela Antonia, viuda y septuagenaria ella, había estado a punto de romperle la crisma a bolsazos a otro anciano que la rondaba y que había osado decir que si habían mandado a Campillos a su nieto Fernando sería porque yo era un gamberrete.

Me contaba mi tía Nati (su hija, hermana de mi padre) que entró en su casa gritando como sólo sabía gritar mi yeya Antonia:

- ¡Ese hijo de puta!. ¡Decir que mi Fernandito es un gamberro!. ¡Si vuelve a venir por aquí se va a enterar ! Por cierto que un año antes había sido mi padre el objeto de su cólera al saber que me mandaban a Campillos- Las abuelas. ¡Qué os voy a contar!.

La verdad es que según iba avanzando en el análisis de la cuestión iba creciendo en mí una especie de desasosiego cuyo origen estaba en el hecho de que a pesar de estar en un colegio supuestamente para niños malos, yo no tenía mal comportamiento. Creo que la mayor maldad que yo había hecho en el colegio hasta entonces era el haber meado en el patio contra la tapia del cine en vez de ir hasta las letrinas. ¡Joder! Es que las letrinas estaban muy lejos y si ibas y venías desde el cine a las letrinas a mear en medio de una película te perdías un buen rato. Recuerdo que estaba meando tan a gusto cuando sentí una presencia a mis espaldas. Era Frasquito, el señor Paco quien se ocupaba del mantenimiento y de las mil chapuzas que salían en el colegio, que me había visto salir del cine y encaminarme a la tapia para aliviarme. Ni os cuento la bronca que me pegó. Pero bueno, no llegó la sangre al rio. Que por cierto, y ahora que caigo, uno de los miembros del grupo “Campillos” que estaba conmigo fue testigo de los hechos. Por aquello de que “picha española no mea sola” (bueno en mi caso y por la edad que tenía, más bien pichilla) se vino conmigo y antes de ponerse a mear vio cómo llegaba Frasquito, algo de lo que yo ni me cosqué mientras meaba, y en vez de avisarme se quedó calladito el muy cabroncete para posteriormente pasarse un par de días riéndose de mí. En fin………………

El dilema que me agobiaba se veía además agravado por un hecho no tenía remedio. Mi cara. Tenía una carita de niño bueno que tiraba de espaldas. Mis mofletes eran objeto de deseo de todas las señoras gordas y otras morsas con las caras llenas de verrugas que se cruzaban en el entonces todavía corto camino de mi vida. Eso de que la cara es el espejo del alma en mi caso era demoledoramente cierto y para ser sincero no contribuía mucho a mis denodados (e infructuosos debo añadir) esfuerzos para parecer un duro chaval del colegio San José ante los adultos y demás amistades ajenas al colegio. No, no era nada fácil. Porque además estaba el problema de la no impunidad de la maldad dentro del colegio. Dicho de otra forma: si hacías algo muy gordo y te pillaban te metían un parte que no veías la calle en un mes. Los inspectores se encargaban de ello y creo que disfrutaban al ver cómo nos acojonábamos cuando sacaban aquellas libretillas que llevaban en el bolsillo de la camisa junto al paquete de Ducados. Tengo también el recuerdo, ya algo difuminado por el tiempo, de que existían unos blocks de partes, verdes rojos y azules, según la gravedad del delito. Supongo que, mis ahora buenos amigos, Francisco Herrera, José Peral o José María Gallardo nos lo podrán aclarar. Sobre todo porque a alguno de ellos le gustaba fingir que hacía uso de los partes con frecuencia en los estudios. ¿Adivináis quién?. La verdad es que cuando levantabas la cabeza del libro y veías al inspector bolígrafo en mano sobre la famosa libretilla mientras te miraba con seriedad acojonaba. Y acojonaba mucho. Luego te enterabas de que en realidad lo que estaba haciendo era rellenar la quiniela y te cabreabas por el mal rato que habías pasado.

En resumidas cuentas: que quería hacer honor a la fama de los alumnos del colegio San José y no lo conseguía, bien por miedo a que me castigaran bien por el hecho de que nadie daba crédito a mi pretendida maldad. Estaba bastante claro que si iba a hacer alguna trastada tendría que ser fuera del colegio, lejos de los partes de los inspectores y de los largos fines de semana castigado. Que mi padre me echara una bronca o me diera una zurra eran riesgos asumibles. Pero quedarme en el colegio unos pocos fines de semana no me hacía la menor gracia. Ponderando estas cuestiones se me iluminó la mente: se acercaba la navidad, la época del año de las buenas intenciones durante la cual los corazones de los padres cabreados se ablandaban notablemente. Si iba a hacer algo ese era el momento adecuado. Y si tenía que ser fuera del colegio sólo tenía una opción: habría de ser durante el viaje de Campillos a Málaga fuera del control tanto del colegio como de mi padre. Entonces comencé a urdir un plan infalible.

La llegada de la navidad en el colegio era especial. He de admitir que incluso un lugar tan gris como aquél se iluminaba por la ilusión de los chavales que allí estábamos internos. Había una serie de ritos, de costumbres que se repetían de forma espontánea año tras año y que delataban nuestra ansiedad por la llegada de las fiestas. El fin de semana anterior a las vacaciones de navidad no había salida para nadie. Nos quedábamos todos en el colegio se supone que para estudiar y preparar los exámenes de la primera evaluación y aprovechábamos esa circunstancia para celebrar la navidad a nuestra manera. El primer síntoma de que se acercaban las fiestas era ese villancico, horroroso por cierto, que decía “abajaban los pastores por el cerro de Belén” y que como borregos coreábamos todos en los patios al salir de cenar la noche del domingo previo a las vacaciones. De niños, durante ese fin de semana, lo pasábamos viendo pelis en el cine del colegio (el sábado por la mañana, sábado por la tarde y domingo después de comer hasta la hora del estudio), jugando al pincho al fondo del campo de deportes y si había estudios para preparar los exámenes, haciendo cadenetas de papel con las que luego decorábamos las clases. A veces cuando don José Macías (o algún jefe de estudios) las veía se cogía unos cabreos de espanto y nos obligaba a quitarlas. Recuerdo con nitidez que eso ocurrió en un par de ocasiones al menos. Supongo que nuestras cadenetas alegraban demasiado el aspecto sobrio que debían presentar aquellas aulas en las que se impartía docencia según el sistema educativo inventado por don José Macías y que tan bien nos fue a muchos de nosotros. Y también recuerdo el frio que hacía en Campillos. En aquello días de diciembre siempre había hielo en las barandillas metálicas que rodeaban los campos de deporte y se helaban también los sempiternos charcos que había delante del pabellón de las clases de los pequeños. Nos divertíamos rompiendo la placa de hielo a pedradas.

El domingo por la mañana después de desayunar chocolate, pan frito o paté con pan nos dejaban dar una vuelta por el pueblo y aprovechábamos para aprovisionarnos de pipas en el Quiosco Bernabeu para la peli de la tarde. Los chicos más mayores se quedaban a comer en el pueblo y después se iban al bar Reyes a tomar café y copas. Si estaban bien de dinero acababan la tarde en la güisquería o en el otro pub que había en el pueblo. Nosotros a comer al colegio. Sopa de picadillo, filetes y fruta. Y luego al cine con nuestro cargamento de pipas. Veíamos la película ilusionados con la perspectiva de irnos de vacaciones en unos pocos días. Aunque en aquel mes de diciembre de 1974 mi mente más que en el hecho en sí de de las vacaciones estaba en otro lugar. Pensaba en la fuga que iba a protagonizar días después. Porque la maldad, la trastada que había ideado para cabrear a mi padre y darle un disgusto de los gordos a mi madre era una fuga. No del colegio (eso era demasiado gordo y demasiado peligroso) sino del autocar que nos llevaba a Málaga, los autocares del señor Lillo. Me escaparía del autobús y cogería el tren en la estación de Campillos con lo que llegaría a mi casa con varias horas de retraso comenzando así a forjar una reputación de niño díscolo aunque más que como niño díscolo yo me viera como un miembro de la banda de Jesse James. No era imaginación lo que me faltaba.

Había comenzado a desarrollar mi malévolo plan el fin de semana anterior en casa. Aprovechando que mis padres habían salido el sábado a cenar con unos amigos me metí en el despacho de mi padre y saqué su pequeña Olivetti de la funda verde que la protegía. Tomé una de sus cuartillas con su respetable membrete y me dispuse a copiar el texto que previamente había garabateado en un cuaderno:

“Yo Fernando García Pérez con carnet de identidad número XXXX autorizo a mi hijo Fernando José García Echegoyen” a viajar por ferrocarril de Campillos a Málaga el día XXX de 1974”

Y a continuación la firma que sabía falsificar sin mucho problema ya que era un garabato ininteligible no habiendo por tanto peligro de que mi letra infantil delatara la falsificación. Creo que tardé más de una hora en poder escribir los apenas dos renglones que ocupa la carta y le gasté a mi padre medio paquetes de cuartillas hasta que conseguí una copia decente. El motivo de tal carta era muy simple. En aquellos últimos años de la dictadura, un menor de edad necesitaba una autorización paterna para viajar solo en tren.

Y llegó por fin el gran día. Aquel 21 de diciembre de 1974, sábado para más señas, había amanecido esplendoroso. Hacía muchísimo frio a pesar del sol que lucía. El día anterior había caído una copiosa nevada en la zona de las Pedrizas y todas las cumbres del horizonte estrenaban un precioso color blanco en el cual refulgían los rayos de aquel sol del recién estrenado invierno. Yo estaba en la estación de tren de Campillos a la que había llegado a la carrera. Escabullirme de los autobuses de Lillo, el señor que tenía la concesión del servicio de autocares del colegio a Málaga y vuelta, no había sido cosa difícil. Nos pasaban lista en el primer patio y de ahí nos íbamos a la calle para montarnos en los autobuses que nos esperaban. Una vez franqueada la puerta del colegio, en vez de torcer a la derecha para coger el autobús lo hice hacia la izquierda y por un callejón salí a la Calle Real. De allí a Puerta de Teba y después por la carretera de Teba hasta que llegué al camino de la Estación. Desde la puerta del colegio calculo que unos buenos dos kilómetros y medio con la talega de ropa sucia al hombro y corriendo a saltos como una ardilla para llegar lo antes posible a la estación. El susto de aquella mañana me lo dio don José Macías que estaba sentado en el casino del pueblo leyendo el periódico y a quien pude ver a través de las cristaleras del establecimiento que daban a la calle Real. (¡ostras el Pepe! ¿Me habrá visto?)

Acojonado por el encuentro y casi sin resuello llegué a la estación de Campillos que estaba prácticamente vacía. Las pocas personas que esperaban al tren se encontraban dentro del edificio, en el vestíbulo junto a la taquilla. Hacía demasiado frío en el andén como para estar fuera esperando. Eran aproximadamente las diez y media de la mañana. El anciano empleado que vendía los billetes me dijo que el ferrobús que iba a Bobadilla para enlazar con el correo de Málaga llegaba con algo de retraso debido a la nevada.

- Ten en cuenta –me comentó- que el ferrobús viene de Algeciras y de Ronda y la sierra debe estar regular nada más por la nieve.

Algo preocupado ante la perspectiva de perder el tren de Málaga pregunté:

- ¿Oiga y si se retrasa mucho y se va el tren de Málaga.?
El viejo levantó la cabeza de su taco de billetes amarillos y sonriendo me contestó:
- No hombre no, es un enlace oficial. El correo no se puede ir hasta que no llegue el ferrobús y se trasborden las sacas de correo. – y rápidamente añadió con es acento que todos conocéis y que es tan típico de Campillos , ¿eres del colegioooooo?

Para mayor seguridad saqué el billete completo desde Campillos a Málaga y decidí salir del vestíbulo de la estación. Quería disfrutar del frio invernal (navideño) y respirar aquel aire limpio, helado sintiendo esa sensación que me era tan nueva y que no era más que la sensación de la libertad. Fui enormemente feliz en aquellos instantes que llevo grabados en mi corazón como un preciado tesoro. Había incluso resuelto el tema de las provisiones por si el viaje se alargaba mucho. Me quedaban unas perras para comprarme una coca cola o algún refresco. Comida ya llevaba. Había que ser previsor y aquella mañana me había sacado dos trozos de pan del desayuno. Como acompañamiento llevaba medio paquete de pipas del domingo.

No tardó mucho el ferrobús en llegar. ¿Os acordáis de los ferrobuses? Aquella especie de híbrido entre tren y autobús, formados normalmente por dos coches y que durante muchos años constituyeron el principal y más seguro medio de transporte entre pueblos vecinos en la Andalucía rural de los años 70. Cuando se abrían las puertas de los coches era un auténtico espectáculo ver cómo casi escupían su cargamento humano. Soldados y marineros de permiso, monjitas y curas, ancianos ya jubilados, amas de casa cargadas de bultos, estudiantes y por supuesto casi nunca faltaba la omnipresente pareja de la Guardia Civil, a veces con sus mosquetones al hombro. La gente solía decir que su presencia infundía tranquilidad. A mí lo único que me infundían era miedo. Aquellos tipos bigotudos, adustos, silenciosos, con aquel aspecto tan siniestro que les confería el capote y el tricornio me daban pánico. Ya de mayor fui conociendo y respetando su trabajo, pero en aquellos tiempos de la niñez………………acojonaban.

De un saltó me subía al ferrobús y eché un vistazo a izquierda y derecha. No cabía un alma, el coche estaba abarrotado y el estrecho pasillo entre las dos hileras de bancos estaba ocupado por maletas, macutos militares y un sinfín de bultos que no cabían en los portaequipajes ubicados sobre los asientos. Y todo envuelto en una densa atmósfera de humo que casi se podía cortar. Cómo apestaba aquello. Olía a tabaco (lo de la ley antitabaco por aquel entonces poco menos que ciencia ficción) a colonia barata, a sudor y al cuero de los correajes de los soldados. A gasoil, desinfectante y a humanidad. A las rosquillas fritas y a la canela de los mantecados caseros. Recordándolo ahora desde este aséptico mundo que nos estamos fabricando, no puedo menos que pensar que aquellos coches olían a vida.

Tal y como me temía en la parte delantera del coche estaba la parejita de civiles escudriñándolo todo, amenazadores y ceñudos. Qué temblores me entraron en las piernas. Una cosa era falsificar una autorización paterna en la calidez de tu casa y otra muy distinta sentir que la llevabas en el bolsillo y que tal vez tuvieras que hacer uso de la misma en presencia de la Guardia Civil. Ya me veía detenido y en un calabozo del puesto de Campìllos. En la parte trasera del coche había un grupo de soldados montando una algarabía navideña estupenda. Cantaban villancicos y eran secundados por muchos de los viajeros del coche. Decidí que lo más sano para mí en aquellos momentos era irme con los soldados, bien lejos de los civiles y del calabozo. Supongo que un chaval viajando solo (y con esa cara de niño asustado que yo debía de tener en aquellos momentos) les debió de hacer gracia y decidieron adoptarme. De un empujón me sentaron encima de un macuto y me obligaron a beber de una botella de Anís del Mono que llevaban. Uno de los más serios dijo:

- ¡Coño, no le deis aguardiente al niño!- A lo que respondieron con un rosario de improperios cuarteleros que me parecieron de lo más edificante.

Y qué rico me supo aquel anís. Eso sí, después de toser hasta casi ahogarme. Además pensé “eso, encima llego a casa apestando a alcohol y se monta todavía más gorda.”El plan me estaba saliendo redondo, como nunca lo hubiera imaginado. Me sentía como en una película de Frank Capra. Los veinte minutos largos que tardaba en el tren en llegar a Bobadilla se me pasaron en un momento. Dos de los soldados iban uniformados con unos curiosos uniformes azules que yo nunca había visto. Me contaron que eran zapadores ferroviarios, que prácticamente hacían la mili en los trenes y que cuando terminaban se colocaban en la RENFE. Ignoro si todavía existirán los zapadores ferroviarios. Durante los muchos años que posteriormente pasé viajando en ferrocarril, su presencia era habitual en los trenes.

Bobadilla, la estación de Bobadilla, me pareció otro lugar prodigioso. En la actualidad suelo pasar con frecuencia por allí por cuestiones laborales y no puedo menos que sentir algo de tristeza al ver ese pueblecito y la barriada de la estación con sus calles casi siempre vacías. En aquella época Bobadilla rebosaba vida. Era uno de los nudos ferroviarios más importantes de Andalucía y vivían allí cientos de trabajadores de RENFE con sus familias. Miles de viajeros poblaban de forma continua la estación esperando sus enlaces, embarcando y desembarcando de los distintos convoyes, fumando en los andenes, esperando y viendo la vida pasar. A mí, desde mi perspectiva infantil, lo que más me llamó la atención fue un pobre loco astroso que llevaba una vieja gorra de jefe de estación y un abrigo azul que le venía grande lleno de medallitas, insignias y chapas diversas. Cuando pasaban los trenes se cuadraba y los saludaba marcialmente. Supongo que ya habrá fallecido. Lo veía allí de forma habitual durante los siete largos años que pasé interno en el colegio.

No quisiera aburriros con tantos detalles pero recuerdo con mucha intensidad aquellas horas de mi “fuga” y del que fue mi primer viaje solo, lo que me empuja a ser prolijo. El mismo finalizó con la llegada a Málaga a eso de las 14: 30 de la tarde del 21 de diciembre de 1974. El tren tardó cuatro horas en recorrer los 70 kilómetros de vía férrea que hay de Campillos a Málaga. Miré mi reloj infantil al salir de la estación de Málaga y pensé que de haberme ido en el autobús de Lillo habría llegado a Málaga a eso de las 11:30, tres horas antes. En casa estarían preocupados y se iba a formar la gorda. Y la verdad es que no me preocupó mucho. Mientras lo planificaba no dejaba de pensar en que aunque me saliera con la mía, la reacción de mi padre, aunque asumible tal y como dije antes, podía ser bastante desagradable lo cual me preocupaba. Sin embargo, en aquellos momentos, la experiencia que acababa de vivir había ampliado hasta tal punto los horizontes de mi vida y había alimentado de tal forma mi espíritu que las consecuencias de mi travesura me traían al fresco. Qué rato tan maravilloso, Recordándolo ahora en retrospectiva entiendo perfectamente aquellas palabras que don Antonio Machado dejó escritas antes de fallecer y que hablaban de “Estos días azules y este sol de la infancia”. Por mi profesión y por mis actividades he realizado a lo largo de mi vida infinidad de viajes algunos apasionantes, os lo aseguro. Pero ninguno de ellos lo recuerdo tan luminoso, tan entrañable, tan querido como aquel sencillo viaje en tren de Campillos a Málaga. Yo tenía 12 años. Era navidad, hacía frío y todo era tan fácil……………………………………………………………………………………….
Abro con cuidado la puerta de mi casa. La comida de mi madre huele de maravilla y a pesar de que en el tren me he comido las pipas y los dos chuscos de pan del desayuno me doy cuenta del hambre que tengo. Me encamino a la sala de estar en la que mi padre está sentado en su sillón leyendo la prensa. Mi madre me oye y me estampa dos sonoros besos en las mejillas y comenta lo bien que estoy. Una lucecita de alarma se enciende en mi mente. Pienso – está muy contenta-, algo pasa-.

Mi padre, como de costumbre, casi ni me hace caso. Levanta la vista del periódico y me dice:

- ¡Hombre! Vaya rollo de viaje ¿no? Pero ya estás aquí. ¿Y las notas? Y casi sin esperar mi respuesta se vuelve a enfrascar en la lectura de su periódico.
Ahora estoy definitivamente desconcertado. Algo muy raro pasa. Me he retrasado más de tres horas en llegar y sin que ellos tuvieran noticias de mi paradero y no me hacen ni caso. Entonces estallo:

- Qué sepáis que me he escapado del autobús de Lillo porque estaba ya harto de esa mierda de autobuses y me he venido yo solo en el tren. Y además que sepáis que en el tren unos soldados me han dado de beber…
Pero mi padre no me deja terminar la frase.
- ¡¡Pero hijo tú estás tonto o que leches te pasa!! Nos llamaron a media mañana de la oficina del señor Lillo y nos dijeron que el autobús se había estropeado en las Pedrizas y que ibais a tardar porque tenía que ir otro autobús de Málaga a buscaros. No sé por qué coño tienes que inventarte esas pamplinas. ¡¡Anda, ve a lavarte que vamos a comer!!

Con la moral por los suelos me dirijo al baño. ¡Impresionante! Para una vez que me fugo se estropea la mierda del autobús de Lillo. Voy por el pasillo arrastrando los pies mientras que a mi alrededor brinca mi hermana Pili, rubita, con cinco años, preciosa, haciéndome todas las monerías que sabe para que le haga caso. En la lejanía al fondo del pasillo oigo a mi padre que con acritud le comenta a mi madre:
- Chati, o este niño deja de leer tantas novelas de barcos y de islas del tesoro o no vamos a hacer carrera con él. Hay que ver las pamplinas que se inventa………
Mi hermana me sonríe y me devuelve la alegría. Entonces pienso: “que se vayan a la mierda. Este será siempre mi viaje y ellos nunca lo sabrán”. Creo que nunca más intenté ser un niño malo.
…………………………………………………………………………………………….


Queridos amigos del Colegio San José de Campillos amigas de la Milagrosa:
Estas navidades levantaré mi copa y brindaré por vosotros y por vuestro viaje,
Por mi viaje,
Por el viaje de estas navidades. Para que nos sea leve y propicio y para que nunca se caigan de nuestros equipajes los recuerdos de nuestra infancia.


FELIZ NAVIDAD, BESOS Y ABRAZOS.


Fernando

























Huérfanos de Campillos. Carta a mis compañeros tras el homenaje a don José.


Queridos amigos:

Ignoro si a las compañeras de la Milagrosa les pasa lo mismo, pero a muchos compañeros del Colegio San José y a mí mismo, en determinadas épocas de nuestras vidas, nos invadía una sensación de orfandad en relación con nuestro colegio. Lo he comentado en diversas ocasiones. La causa hay que buscarla en la excesiva severidad del sistema educativo de don José que focalizaba toda la atención del centro en nuestra formación académica obviando aspectos tales como la publicación de memorias escolares, la promoción de asociaciones de alumnos antiguos (bendita expresión inventada con toda perspicacia por don Alejandro, por nuestro Pancho de siempre) e incluso la promoción del colegio y de sus alumnos más allá de los ámbitos estrictamente académicos. Todas ellas opciones que nos hubieran permitido mantener un vínculo, un cordón umbilical con nuestro colegio.
Pero lo cierto es que terminábamos en el colegio y se acabó.  Parecía que para siempre. Nos íbamos de aquel cerro junto a la carretera de Gobantes dejando allí parte de nuestra juventud, dejando amigos, compañeros profesores, inspectores, sinsabores y satisfacciones, llantos y risas, y otras muchas emociones que, por nuestra extrema juventud, nos eran nuevas, desconocidas a veces incluso inquietantes.
En aquellos momentos tal vez no nos dábamos cuenta (por esa juventud de la que hablo y por la inexperiencia que lleva aparejada) de que nuestra época escolar se iba para siempre. (O casi) Nuestro desconocimiento de la vida, nuestra hambre de nuevas vivencias (lógica por otra parte)  nos hacía ansiar  un nuevo horizonte. Una vez lo hubimos alcanzado, ya en el umbral de la madurez, el recuerdo de nuestra adolescencia y juventud en Campillos nos golpeó a muchos en el alma y sospecho (o mejor dicho, lo  sé positivamente) que todos nos sentimos huérfanos de Campillos.
Sé que a veces soy un poco frío, me cuesta la vida misma exteriorizar mis emociones. Una buena amiga me descubrió que es esa la  razón por la que escribo. Pongo en negro sobre blanco mis sentimientos, lo que a veces de otra forma no sé  o no puedo expresar. Siempre que algún acontecimiento me agrada o me desagrada de forma significativa y me toca el corazón acabo sentado con un montón de notas emborronadas de forma apresurada y con la pantalla en blanco de mi ordenador esperado a que vomite sobre ella todas esas  ideas aparentemente inconexas que me atormentan y que finalmente se configuran en forma de una casi confesión.
Y ayer se produjo uno de esos acontecimientos. Ignoro si a vosotros os pasó lo mismo, pero yo dejé de sentirme huérfano de Campillos.
Dejé de sentirme huérfano de Campillos porque redescubrí a los profesores de mi infancia y adolescencia en su lado más humano y que me era desconocido. Cuando estaba sentado en la mesa que presidía el acto junto a ellos en mi garganta se hizo un nudo que me atenazaba al ver las lágrimas asomar en los ojos de don Alejandro, de don Manuel de Guzmán que no pudo terminar su discurso, de Manolo Rodríguez el actual director del colegio (él también es don Manuel, lo que sucede es que cuando yo lo conocí en el colegio era jovencísimo y ya le hablábamos de tú). Manolo hizo el discurso institucional más emotivo (emoción e institucional, conceptos difíciles de casar) que he oído en mi vida. Me emocionó profundamente la sencillez y la franqueza  de Paco Herrera. Me maravilló el cariño con el que  José María Gallardo manejaba a sus chavales en el acto. Por cierto, chicos y chicas del colegio que se condujeron con una elegancia y seriedad admirables, en la mejor tradición de los alumnos de Campillos y haciendo gala de la formación que habían recibido por parte de sus profesores e inspectores. Y don José, ¿Qué os voy a decir de don José? Fue cuando él comenzó a hablar cuando me di cuenta que en realidad ellos, nuestros educadores, siempre habían estado ahí, perdidos en una dimensión de nuestras mentes o de nuestras almas que desconocíamos y que ahora hemos recuperado. Gracias todos por la lección de humanidad que el domingo nos dieron.
Dejé de sentirme huérfano de Campillos por el cariño que todos los asistentes al acto nos manifestasteis. Perdí la cuenta de cuántos de vosotros os acercasteis a nosotros a comentarnos lo mucho que os habíais emocionado, lo mucho que para vosotros había significado este homenaje y este reencuentro. E incluyo también a todos ellos que no pudisteis venir y que nos habéis escrito para mandarnos vuestro apoyo y vuestro cariño.
Dejé de sentirme huérfano de Campillos al comprobar cómo se ha ido consolidando la amistad, el cariño profundo y sincero y la hermandad de mis amigos del internado y que comenzó hace ya treinta y ocho años. El pasado  verano la retomamos. Y ahí continúa creciendo y fortaleciéndose día a día y en cada reencuentro,  ampliada también a nuevos compañeros como Pedro Moya que tanto nos ha ayudado, y a sus familias que ahora también forman parte inseparable de mi vida.
Dejé de sentirme huérfano de Campillos al comprobar la grandeza de corazón de un grupo de alumnos antiguos externos del colegio, que fueron los auténticos  promotores del homenaje. Cómo uno de ellos me confesó, “tenía algo que me corroía por dentro por no poder agradecer a don José la educación recibida”. Es cierto que en el colegio los externos y los internos estábamos separados por una línea imaginaria e invisible que no cruzábamos. Y aunque tuve amigos entre los chavales externos, ahora me avergüenzo, no del hecho en sí de que existiera dicha línea (yo no la tracé) , sino de no haberla cruzado más veces. Antonio Ortiz, Antonio Romero, Antonio José, Cristóbal, Cesáreo, José Manuel  y Joaquín.: sois grandes y ha sido un privilegio trabajar a vuestro lado estos meses. Decía en mi  intervención que la grandeza del corazón de un hombre puede medirse en función de la gratitud que siente por las personas que por él algo hicieron. Sois el mejor ejemplo de ello.
Y por último, el domingo dejé de sentirme huérfano de Campillos porque comprendí que el colegio y sus gentes, con sus defectos y virtudes, ha estado siempre ahí. Tal vez no supe buscarlo o tal vez fue necesario que se aunaran, que se unieran muchas voluntades para reencontrarlo.
Gracias en nombre de todos los miembros de la comisión y en el mío propio por vuestro apoyo y cariño. Sin vosotros el homenaje no hubiera sido posible.
Que la vida os sea propicia.






Homenaje a don José Macías.


Discurso que escribí en nombre de los alumnos como homenaje a don José Macías García, fundador del Colegio San José.



Querido don José, querida familia Macías García. Señor director del colegio San José de Campillos, compañeros, antiguo personal del centro y amigos asistentes a este acto:

Hará un par de años comenzaron a aparecer por internet, en las redes sociales y más concretamente en FACEBOOK, una serie de grupos constituidos por antiguos alumnos del colegio San José. En principio eran muy pocas las personas que se sumaban a los grupos y casi parecía que el número de participantes no iba a crecer nunca, los grupos se estancaban. Como dijo un compañero en uno de los foros: la vida nos había dispersado demasiado, lo cual no era nada  inusual   si tenemos en cuenta que éramos chavales de internado. Muchachos  que procedíamos de los más variados puntos de la geografía nacional y que éramos internados en el centro por los más diversos motivos. Miles de chicos que,  a lo largo de muchas décadas, pasamos por los dos colegios, el viejo y este en el que ahora nos encontramos y que por aquel entonces, hace ya más de treinta y cinco años, llamábamos el colegio nuevo.
Pero poco a poco, y a pesar de los pronósticos negativos, los grupos fueron creciendo hasta el punto de que el más numeroso cuenta hoy con más de 600 miembros. ¡Qué cosa tan curiosa don José! Cientos de personas diseminadas por todo el territorio nacional, muchas incluso por el extranjero, y que gracias a las nuevas tecnologías se reúnen, se reencuentran para compartir viejas vivencias, para recuperar  recuerdos sepultados bajo los opacos velos de la memoria lejana, del tiempo pasado, para atisbar de nuevo aquella primera simpatía, aquel  esplendor en la hierba como lo definió William Woodsworth en su célebre poema,  aquella juventud de la cual todos dejamos algo entre los muros de este colegio. Ha sido muy interesante observar la evolución de esos grupos de la red social. Había personas que se unían a las distintas comunidades con auténtica vehemencia. Nada más entrar en el grupo, comenzaban a exhibir fotos, documentos, recuerdos del colegio a la vez que buscaban entre las listas  de antiguos alumnos  a sus amigos de infancia y juventud, a viejos compañeros de fatigas o bien preguntaban por ellos insistentemente. Se publicaban, se siguen publicando,    en los muros de los grupos de la red social anécdotas del colegio, chismes, cuentos, recuerdos variopintos muchas veces distorsionados por su lejanía en el tiempo, pero valiosos en todo caso como testimonio, como parte de la memoria de alguien que dejó en el colegio unos cuantos años de su vida. En los foros se discute sobre quién era el profesor más simpático o quién el más antipático. La mejor o peor comida. Cualquier tema relacionado con el colegio es bueno para debatir, para mantener viva la llama de la memoria. Incluso se ha publicado un libro sobre el colegio. Mi amigo Julio Gómez ha compartido con todos nosotros sus vivencias en el colegio viejo de hace ya una buena porción de años. Su libro ha sido un acicate para que todo este reencuentro con nuestro pasado se mantenga en el tiempo y se prolongue durante muchos meses  y nos ha enseñado que todos los chavales que en aquella época estábamos internos en el colegio, teníamos los mismos sentimientos y que  veíamos la vida de igual manera. Resumiendo, y créanme,  no bromeo, que el hecho de haber estado interno en Campillos, en el colegio San José, se ha puesto de moda.
De corazón le aseguro, mi querido don José, que si hace treinta y ocho años, cuando yo ingresé en el colegio viejo a la  edad de 11 añitos, alguien me hubiera dicho que el estar en Campillos se iba a poner de moda, o bien hubiera salido corriendo pensando que el tipo estaba majara o bien le hubiera dicho cualquier disparate de aquellos que decíamos los chavales de entonces en el colegio. No, nunca lo hubiera imaginado. Al igual que tampoco hubiera imaginado (sobre todo teniendo en cuenta el respeto que usted nos imponía) que cuando esa primera curiosidad de la que antes le hablaba en relación con el reencuentro con el colegio en la red social quedaba satisfecha, surgía en la mayor parte de las ocasiones la misma pregunta que le repito con el mayor de los respetos y con todo cariño tal y cómo era formulada:
-          Oye, ¿Y qué fue del Pepe?. ¿Dónde está  don José Macías?
No puede usted hacerse una idea de lo peregrino de las respuestas que se dieron por internet acerca de dónde se encontraba ni de las veces que tuvimos que traerlo de nuevo al mundo de los vivos quienes sabíamos algo acerca de su paradero. En mi caso no fue difícil porque siempre tuve alguna noticia sobre usted por amigos comunes de este pueblo al que tanto cariño tengo.  
Llegó el otoño de 2010 y los reencuentros de alumnos de diversos grupos se fueron sucediendo y en todos ellos y de forma espontánea e inconexa se propuso la misma idea: tenemos que localizar a don José Macías y reunirnos con él para rendirle un homenaje. Y fue el 29 de enero de este año cuando la idea comenzó a materializarse durante la presentación del libro de Julio aquí en Campillos. José Manuel Aguilar, que fue alumno y profesor en el colegio me presentó a Cristóbal Bermudo y a Cesáreo Díaz, dos  alumnos de una promoción anterior a la mía y que llevaban ya algún tiempo intentando promover este homenaje. De hecho ellos dos, Cristóbal y Cesáreo, han sido los  verdaderos promotores del mismo, permítame que lo reseñe. Y fue dicho y hecho. Nos pusimos a trabajar y el resultado lo están ustedes contemplando ahora.
Acepté de buen grado escribir estas líneas que ahora les estoy leyendo aunque no sin cierto grado de preocupación.  De inmediato pensé: pero bueno, ¿qué le voy a decir yo a don José Macías que él no sepa?. Tras meditarlo largamente y esperar también largas horas ante la pantalla en blanco de mi ordenador a que me llegara la inspiración tomé una decisión: Hablaré a don José de lo que fue mi percepción de su labor con nosotros en el  colegio que es prácticamente la misma que tuvimos casi todos los muchachos que aquí estudiamos. Lo que su trabajo, el de usted y de sus hermanos, significó para nosotros, sus alumnos. Enumerarle sus muchos méritos y logros académicos, empresariales y humanos no tendría mucho sentido. Usted los conoce, todos nosotros los conocemos perfectamente. Además soy consciente de que no le iba a gustar nada. Durante los años que estuve en el colegio, una de las cosas que más me llamaba la atención de usted era la poca gracia que le hacían  los halagos.
Según he ido cumpliendo años, me he dado cuenta de que, a la postre, el alma de los hombres  se sustenta en tres pilares básicos: en nuestros recuerdos, nuestra dignidad y nuestra gratitud hacia las personas que por nosotros algo hicieron. Recuerdos, dignidad, gratitud, vitales cuestiones de las que, si usted me lo permite  mi querido don José,  le hablaré desde el punto de vista, desde la humilde óptica de un alumno de Campillos.
Usted y sus hermanos crearon un colegio que hoy por hoy se ha convertido en una leyenda que vive en la mente y en los corazones de los miles de chavales, hoy hombres, que por aquí pasamos. Esa leyenda de su colegio, de nuestro colegio San José está compuesta por  recuerdos de una época, que no fue ni peor ni mejor que otras épocas, es una falacia eso de que cualquier tiempo pasado fue mejor. Pero en todo caso fue nuestra época escolar y tenemos derecho a rememorarla, a convivir con ella en forma de recuerdos deslavazados, inconexos a la vez que entrañables. Recuerdos, percepciones del tiempo pasado, retazos de tiempo que retenemos en nuestras mentes. Escribió  Benjamín Franklin que, el tiempo, es la sustancia de la que está hecha la vida. Por ello, esos recuerdos son en realidad porciones de nuestra vida que nos acompañan o deberían acompañarnos y que de cuando en cuando recuperamos con actos como el que nos ocupa y que nos sirven, entre otras cosas, para apreciar las enseñanzas que aquí adquirimos gracias a usted don José, a sus hermanos y al magnífico cuadro de profesionales, docentes y no docentes, del colegio San José de Campillos.
De usted y de  esos docentes y accidentales cuidadores aprendimos mucho. Porque verá usted mi querido don José, hay un hecho académico en sí, un sistema educativo que usted inventó para nosotros, chicos difíciles, malos estudiantes (al menos los internos)  y que nos permitió hacer un buen bachillerato, nos dio una más que aceptable educación académica y cultura general. Entiendo que ese era el primordial objetivo del colegio y el mayor deseo de nuestros padres. Pero es que aparte, merced a su ejemplo y a su trabajo discreto casi sigiloso,  aprendimos mucho de esos elementos esenciales sobre los que sustenta  el alma de los hombres. No es que fuéramos demonios, (tampoco ángeles, ¡con lo gallitos que éramos!) pero sí chicos que necesitaban una orientación educativa firme. Aquella firmeza,  aquella disciplina, aquellos   fines de semana castigados en el colegio desde muy jóvenes  fueron forjando el carácter de aquellos pipiolos puñeteros que éramos, enseñándonos en qué consistía la hombría y confiriéndonos esa dignidad de la que hablamos y que nos permitió, cuando dejamos el colegio,  enseñar con la cabeza muy alta a todo aquel que quiso mirar, la pasta de la que estábamos hechos los niños del colegio San José de Campillos. Usted don José, con su continua presencia en el colegio, desde por la mañana cuando nos levantábamos hasta por la noche cuando acostábamos, incluso en aquellas larguísimas tardes de sábado castigados, nos mostró cual era el camino y que la hombría y la dignidad en los hombres se forjan con la aceptación de las consecuencias de nuestros errores y de nuestras transgresiones.
Lo anteriormente expuesto es tanto aplicable a los alumnos internos como a los externos. Pero es que además en el caso de los alumnos externos, su colegio y su sistema educativo permitió que centenares de niños del pueblo de Campillos a lo largo de varias generaciones tuvieran de forma gratuita una educación de élite, a la que de otra forma no hubieran podido acceder y que les permitió continuar con éxito sus estudios superiores en muchas de las universidades españolas.
Son otras muchas las enseñanzas no académicas que nos enriquecieron gracias a este colegio, proyecto vital suyo y de sus hermanos. Aquí aprendimos lo que era el compañerismo, la amistad (nunca he tenido amigos como los que hice aquí siendo un chaval y que hoy por hoy son mis hermanos). Aquí tuvimos la suerte de tener un cuadro de profesores que aparte de impartirnos sus asignaturas con esmero y dedicación, abrieron nuestros ojos al mundo contagiándonos, tal vez de forma involuntaria, de  su pasión  por la música, la literatura, el deporte, el cine, la naturaleza  y otras muchas cuestiones y disciplinas que nos ha acompañado el resto de nuestras vidas.
Y por fin y para terminar don José, permítame que le hable de la gratitud, o mejor dicho, permítame transmitirle nuestra gratitud, el tercer pilar  sobre el que, en mi modesta opinión, se sustenta el alma de los hombres y probablemente el más importante. Y digo que es el más importante porque creo  firmemente que la grandeza del corazón de un hombre puede medirse en función de  la gratitud que es capaz de sentir o de manifestar hacia a todas aquellas personas que por él algo hicieron a lo largo de su vida. Por mis compañeros y por mí fue mucho lo que usted hizo, créame. Por ello en nombre de todos nosotros, los alumnos del Colegio San José de Campillos, los de ahora y los de antes, los que hoy han venido y los que no han podido venir y también en nombre de aquellos queridos amigos del colegio, que un día fueron nuestros hermanos en estos patios y que como decimos los marinos, largaron amarras para emprender el gran viaje, debo decirlo mi querido don José, gracias.
Gracias por habernos dado una formación académica  que nos ha permitido abrirnos paso en la vida.
Gracias por habernos mostrado el camino y enseñarnos a encauzar nuestras vidas.
Gracias por su ejemplo de dignidad y rectitud y por haber estado siempre ahí en los difíciles, inseguros y difusos tiempos de la adolescencia.
Muchas gracias  querido director.
Muchas gracias querido amigo y sobre todo, muchas gracias querido maestro.

Hasta siempre.